Hace algunos años ví un vídeo en youtube que se llamaba "La mujer invisible" (https://youtu.be/NMqcRonXopU ) de Nicole Johnson. En él ella hablaba de como muchas de las cosas que hacemos como esposas y madres pasan desapercibidas ante los ojos de los demás pero no ante los ojos de Dios y que debemos de poner nuestra mirada en eso... en "las catedrales" que estamos construyendo para Dios.
A menudo trato de poner mis ojos en eso. Los últimos meses han sido meses cargados de mucho trabajo y muchas cosas. Por un lado he estado trabajando en dos sitios a la vez por razones que son largas de explicar, lo cual ha demandado bastante esfuerzo físico de mi parte. por otro lado, he estado trabajando en tratar de hacer cosas para cambiar la mala situación en las que estamos inmersas muchas camareras de pisos: precariedad, temporalidad, etc... lo cual también ha demandado esfuerzo y tiempo de mi parte. Y, por otro lado, también está mi familia a la que he tratado de no descuidar en todo este proceso. Por lo que, a veces, todo esto se parece a tratar de hacer malabarismos sobre una cuerda de equilibrio.
Es, por ello, que, a veces, pienso si invertir todo este tiempo y este esfuerzo vale la pena porque no sé si a la larga conseguiré algo y, porque, a veces, aunque trates de hacer las cosas bien y de hacer lo mejor para todos siempre hay gente que critica y piensa mal de ti.
Es en esos momentos que trato de poner mi mirada en el cielo y trato de confiar en que Dios mira mi corazón y en que Él ve mis motivaciones y está al control de todo.
Hoy, sin ir mas lejos, cuando iba al super a comprar en la entrada estaba una mujer pidiendo que siempre está allí sentada. A veces me pide que le compre alguna cosa y, he de reconocer que, a veces, pensando en lo duro que trabajo para conseguir mi sueldo, la he juzgado pensando en porque no trabaja en vez de pedirme a mi que le compre algo. Hoy fue uno de esos días, me pidió que le comprara una tarta para su niña de 11 años que estaba cumpliendo años. Durante todo el proceso que duró mi compra pensé varias veces en si comprar o no comprar la tarta, meditando en los prejuicios que venían a mi mente. Finalmente, me acerqué a donde estaban las tartas y escogí la misma que hubiera escogido para mi hija de 11 años y la compré y se la lleve simplemente porque este mes podía hacerlo.
La verdad no sé si hice bien, si hice mal pero confío en que Dios ve la intención de mi corazón y es a lo único a lo que puedo aferrarme y lo que me da fuerza para seguir adelante en todos los proyectos que tengo en mente.
Así que, adelante y que sea lo que Dios quiera.